domingo, 28 de diciembre de 2014
Nostalgia de la inocencia.
Hubo una época en la cual las cosas que hacía me salían naturalmente, sin necesidad de detenerme a pensar metodológicamente en ellas. Independientemente de su resultado, llevarlas a cabo me llenaban de satisfacción por hacer algo, abandonar la inacción y alcanzar un logro, sin importar cuan pequeño e insignificante fuera. Sin embargo esa etapa ha pasado, se ha ido y perdido definitivamente en las arenas del tiempo. Extraño esa era, pues todo lo que hacía entonces era espontaneo; a pesar de que decía estupideces y hacia las pendejadas más descabelladas, jamás las hacía con mala intención, todo acción emprendida era por buenas razones, todo por bondad.
En estos días, sin embargo, tengo que darle dos, tres o cuatro revisiones a mis decisiones, tengo que consultar con la almohada detalladamente cada una de las ideas que pasan por mi cabeza. Ya sé que la indecisión normalmente se relaciona con personas pusilánimes, faltas de carácter, cobardes. La indecisión, en pocas palabras, se les atribuye a los maricones. ¿Qué puedo decir a mi favor? Probablemente nada razonable, solo que me gusta pensar las cosas en demasía y me cuesta trabajo decidirme por un plan de acción. La vida, esa puta inalcanzable e insaciable se me hace demasiado complicada; me colma de opciones y posibilidades y luego me apura a elegir un camino entre los millones que ofrece. Quizá, en ocasiones reflexiono y en esto probablemente me engañe, mi vida será larga y mi adultez me permitirá compensar en el futuro, este presente y pasado lleno de incertidumbres, esta juventud estúpida e insulsa. Quiza con la edad venga la certidumbre, la sabiduría, el conocimiento pleno de las causas y consecuencias de cada una de mis acciones, incluso antes de que las lleve a cabo. Por ahora lo único que deseo es aprender, llenarme de conocimientos, vivir experiencias nuevas, las cuales espero que en mi senilidad me ayuden a tomar mejores decisiones, a vivir una vida más plena y más satisfactoria. Contrario a las ideas que nos ha traído la modernidad, no tengo prisa en vivir mi vida intensamente, sino llevarla por senderos apacibles, por lugares y tiempos que permitan la reflexión de quinta y la meditación rampante.
Pero de nuevo me engaño a mí y le miento a todos descaradamente. La verdad es que no tengo la menor idea de lo que deseo hacer en un futuro cercano, olvidemos por lo tanto los planes a mediano y largo plazo, los préstamos hipotecarios y crediticios, los hijos, la familia, los viajes a Europa en compañía de amigos. Esas cosas no son para mí, sea ello designio del destino o elección propia. Pero creo firmemente que mis fracasos deben adjudicarse únicamente a mí, a mi falta de compromiso, irresponsabilidad e indisciplina. Como claro ejemplo de lo anterior, a esta hora debería estar durmiendo, y sin embargo estoy despierto, sentado en la cocina de mi casa escribiendo estupideces soporíferas que únicamente yo leeré. No importa, este es uno de los pocos dilemas que he solucionado, y elijo vivir mi vida de este modo aunque las consecuencias no sean gratificantes ni satisfactorias. Quizá y de estoy estoy medianamente seguro, únicamente la muerte me dará la tranquilidad que necesito y que he buscado por largo tiempo. Tiempo al tiempo y veremos que sucede.
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