Mas tarde, observando tu ropa vieja evoqué mi niñez en Mexico, la casa con paredes de barro y techo de palma en la que mis hermanos y yo crecimos, y finalmente tuve una dimensión real al contrastar tu infancia en Michigan y la mía en Guerrero. Me aventuré a hacer ociosas meditaciones metafísicas sobre las cosas que depara el porvenir, a pensar en conjeturas sobre nimiedades varias. Quise reflexionar sobre como nuestro pasado influye en lo que somos, y a la vez como nuestra personalidad influye en las decisiones que tomamos, y luego este ciclo se vuelve un laberinto mental en el que cada vez cuesta más distinguir las causas de las consecuencias.
Me pareció entonces (y quizá aún así lo considero, la verdad es que casi siempre me pierdo en mis propias cavilaciones) que la vida y el futuro son similares a una casa de naipes que se tambalea desde sus cimientos, o a una fila de fichas de dominó acomodados uno junto al otro, o quizá sólo es una conjunción al azar de coincidencias maravillosas, disculpa mis limitaciones en materia de clissés y lugares comunes. La única conclusión a la que pude llegar fue que me alegraba haberte conocido. En ese momento me supe muy afortunado de coincidir junto a ti, los dos en un mismo tiempo y espacio.
