Acostumbrado a llevar una vida simple, con una sucesión de días llenos de trabajo, estudio, sedentarismo y contemplación, en los últimos seis meses he viajado más de lo que lo había hecho en mucho tiempo, quizá en seis o siete años. Los motivos de tales viajes han sido meramente lúdicos, pese a lo cuál estaba un poco reticente por no poder invertir mi tiempo tal como yo lo hubiese querido, obligado por varios factores a la acción para hacer a un lado el reposo que creía merecido. He conducido unos 8 mil kilómetros más o menos, en compañía de mi esposa. Finalmente y tras muchos años, he regresado al pueblo en Guerrero en el cual pasé la mayor parte de mi infancia.
Crecí corriendo descalzo en aquellas calles polvorosas, jugando con los vecinos frente a mi casa, corriendo tras un balón en un llano terroso que hacía las veces de campo de fútbol. Extrañé por muchos años los paisajes llenos de barrancos, montañas y valles; en ocasiones pasaba días enteros añorando aquellos cerros cuya existencia misma anuncia el principio de la Sierra norte en el estado de Guerrero, ansiando siempre el momento de regresar al que siempre consideré mi hogar.
Y no, desafortunada o afortunadamente, el reencuentro tan esperado no sucedió. No hubo chispa, no hubo iluminación, no hubo química ni conexión. A decir verdad, pasé la mayor parte de un mes principalmente haciendo nada, esporádicamente visitando a algunos amigos y conocidos que siguen viviendo ahí, en el mismo lugar que los vio nacer y el cual posiblemente los vea morir. A pesar de que me siento tentado a decir lo contrario, la verdad es que me he divertido bastante.
Después de un mes de andar vagando principalmente en Guerrero y Morelos, un poco más en Puebla y Veracruz, para luego regresar a Quintana Roo y finalmente poner distancia y venir a recalar a Michigan, donde a pesar de que no existen planes sino únicamente incertidumbre, por primera vez siento que puedo ser libre y que existen infinitas posibilidades en el futuro.
Quizá lo único que intento decir es que ya no espero mucho de esta vida, pero precisamente esas bajas expectativas o la falta de ellas hacen que obtenga mayor satisfacción con mis acciones y con lo que recibo. Quizá la vejez no sea tan mala como todos la pintan y eso de volverse uno viejo poco a poco y caminar hacia el matadero, no hace más que ablandarnos y abrirnos los ojos a nuevas posibilidades, a hitos desconocidos. Quizá ir muriendo lentamente no sea tan malo después de todo.
