miércoles, 16 de diciembre de 2009

Predicación prática del humanismo.

Jamás he escuchado una historia que comience mal y mejore con el paso del tiempo. Como lo platiqué en alguna ocasión con Moisés, mi mejor amigo, las cosas siempre comienzan bien y poco a poco van deteriorándose, para finalmente irse completamente a la chingada.

Al principio huía de ellos y de su inmundicia. Los veía en las esquinas, ciegos, mudos y con las extremidades amputadas, mendigando para poder vivir una vida y una muerte miserables, sin posibilidades futuras de mejora en sus vidas. Cedí a la debilidad de regalarles una moneda y ese fue el acabose, porque terminé desprendiéndome de todo lo que poseía para regalárselo a ellos y no logré aliviar ninguno de los problemas que padecían. Sus quejidos y lamentos empezaron a perseguirme a todas partes y a todas horas. Comencé a sufrir los estragos del insomnio; veía el anochecer y el amanecer del día siguiente sin poder cerrar los ojos ni conciliar el sueño.


Fue en esas largas noches que decidí poner remedio a la situación. Si yo no podía acabar con la miseria, me dije, acabaría con todos los miserables hijos de puta y los liberaría de las circunstancias infrahumanas en las que vivían. ¿Acaso no repetían ellos mismos como mantra la frase “una ayuda por el amor de dios”? Yo los ayudaré me dije y me felicité por mi acertada decisión.


Primero liberé de su desgracia a todos los cabrones que pedían limosna en la Avenida Juárez, junto al Elektra. Fue muy fácil al principio, unos buenos tiros en la sesera y problema resuelto. Continué con todos los desgraciados de la Quinta Avenida, todos los cabrones que mendigaban en silla de ruedas y guitarra en mano. Algunos pedían piedad, piedad para seguir viviendo una vida llena de sufrimiento, como si todos fueran aptos para tomar buenas decisiones en casos difíciles. Yo ya había decidido por ellos y contaba con la complicidad que me daba la ineficiencia de la policía. Para cuando vieron un patrón y dejé que me agarraran ya había limpiado de vagabundos, putas y dealers a Playa del Carmen.


Nadie me llame asesino o criminal, y nadie me lo agradezca puesto que todo lo que hice fue un mero acto de caridad y humanismo.