viernes, 28 de junio de 2013
Pollo recién matado.
Anoche tuve un sueño demasiado perturbador, incluso para mí que me especializo en soñar cosas horripilantes. En el terreno que mi padre solía cultivar, nos encontrábamos dos primos míos y yo. Las galeras en las que alguna vez hubo polluelos esperando crecer para poder ser sacrificados para consumo humano, se encontraban ahora repletas de personas secuestradas, en sustitución de las aves.
Yo le ordenaba a mi primo de menor edad que fuera a una de las galeras y que eligiera a uno de los rehenes, para asesinarlo. Él, lentamente, con la mejor disposición y una sonrisa en los labios, partía hacia el destino indicado y regresaba con una masa sanguinolenta que algún día pudo ser considerada una persona pero ahora apenas se podía decir que estaba viva. Yo tomaba lentamente un hacha, con calma y parsimonia, sin ningún contratiempo o molestia por los gritos de las víctimas, cercenaba uno a uno los miembros.
Una vez terminada la labor, entre los tres excavábamos un hoyo en la blanda tierra y depositábamos los restos en el lugar en que finalmente reposarían. Las imágenes en el sueño eran de un realismo enorme, y casi me convencieron de su veracidad.
Sin embargo, esto no era lo sórdido del sueño. Lo realmente perturbador para mí, fue que yo disfrutaba haciendo el trabajo. Sacrificando personas sentía menos remordimientos que aquellos que alguna vez sentí al sacrificar a algún pollito enfermo, tal y como lo hacía en los días de mi infancia, en los días en que mi padre dedicaba sus tardes a la crianza de animales.
Últimamente esa sensación no me abandona en ningún instante, probablemente porque en este país matar a una persona se ha vuelto tan fácil como rebanarle el cuello a un pollito de granja. Desconozco si llegado el momento seré la víctima, el victimario o el hacha surcando el aire para llegar a su destino.
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